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Entender los 90s con la tele: guía para millenials

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Cuando los millennials dicen que la televisión peruana de hoy es televisión basura, pecan de soberbia. Televisión basura era la de los años noventa. La que arranca con un shock económico y termina con una lamida de axila, sin mencionar toda la basura que no salía en pantalla, como la venta al peso de los dueños de casi todas las televisoras, que se alinearon con el gobierno de entonces. Sin duda, una etapa muy dura para la memoria televisiva.

Recordando esos años cuesta catalogar como ‘televisión basura’ a un grupo de modelos equilibrando vasitos o ajustando tornillos entre choques, fugas y traiciones. ¿A eso le llaman basura? Televisión basura era Magaly Medina, en vivo, bailando calzón en mano, o con uniforme de basurera municipal, rodeada de bolsas negras en un derroche de cinismo.

No neguemos que en recordarlo hay algo de placer malsano, algo de complicidad con el cinismo. Sin internet, sin cable al alcance, con mamá y papá fuera de casa todo el día, la tv local lo era todo. En lugar de ignorarse mutuamente en la mesa, con los ojos clavados en el celular, las familias tenían la decencia de ignorarse mirando todos hacia la tele. En la era de las opciones y la customización, es difícil concebir la magnitud del monopolio cultural que ejercía un solo medio. Felizmente esos días no volverán. Y no todo era basura. Estos cinco programas fueron casi padres para los hijos de los 90. ¿Los conoces?

 

Casado con mi hermano

Era el año 1992 y la producción local empezó a dar señales de vida tras la devastación económica de la década previa. En medio de un prime time hecho de sitcoms gringas dobladas al castellano, una serie local se atrevió a competir en esa liga con una idea no tan original: un buen chico de clase media (Leonardo Torres) lleva una idílica vida con su dulce esposa (Gloria Klein), cuando de pronto se muda con ellos el hermano pendenciero (Paul Martin) y su guapa cuñada (Maritza Picasso). ¿Daba risa o no daba risa? Difícil recordarlo. Era ligera, fácil. Aún no era tiempo de tomar riesgos con la ficción.

 

Los de arriba y los de abajo

Tardíamente, en los 90 la tele peruana descubriría el poder de la autorreferencia: con invasiones, mototaxis y cortes de luz y agua, la productora MGZ descubrió que tal vez a la gente le gustaba verse reflejada en la pantalla (algo que la publicidad local recién empieza a entender). Aunque ha quedado como la primera telenovela de drama social -reputación apuntalada por su tema principal “Triciclo Peru”- lo cierto es que tuvo sus buenos ratos de comedia y en ese registro, sus personajes más entrañables. Con más de 200 capítulos, fue todo un éxito. Al año siguiente trataron de repetir la fórmula con “Los unos y los otros”, una vuelta de tuerca al melodrama clasista que no funcionó.

 

Los choches

Esta es una de las joyas ocultas de la década. La serie contaba con humor las aventuras de un grupo de niños tratando de tener una vida honesta en las calles. Fue la secuela necesaria tras los resquemores ocasionados por la miniserie ´Escuela de la calle: pirañitas”, que de modo quizá muy crudo presentaba a los mismos personajes como una banda de delincuentes infantiles. Podría decir que el nivel de producción no era exigente y tal vez los recursos quedaron algo cortos…, luego veo el estado de la producción actual y se me pasa.

 

Luz María

Melosa y exitosa. Una telenovela ambientada en la Lima de fines del siglo XIX. La historia repite la fórmula de efectividad comprobada: el galán adinerado se enamora de la muchacha pobre y de campo. Lanzó a Angie Cepeda y confirmó a Christian Meier como el galán de aquella generación. Es la más recordable de una seguidilla de telenovelas que realizó América Producciones durante los 90, con el molde estético de la gigantesca mexicana Televisa. Aunque parezca difícil de creer, esas producciones se vendieron y transmitieron en más de 20 países alcanzando un éxito inmenso en varios de ellos.

 

El show de los cómicos ambulantes

He visto a los mejores cómicos de mi generación destruidos por el éxito, arrastrándose en botargas por los set de miserables talk-shows. La tradición de cómicos callejeros es tan antigua como las ciudades. En Lima sus escenarios fueron la Plaza San Martín, el Parque Universitario, el Jirón de la Unión. Algunos aparecieron fugazmente en el mítico “Trampolín a la fama” de Ferrando a inicios de la década. Pero al final de los 90 se adueñaron de la señal. De plato de entrada de un talk show pasaron a banquete: casi todos los canales terminaron por darle espacio propio a alguna de las facciones. De todos ellos fue El show de los cómicos ambulantes el que se mantuvo más fiel a sus orígenes, la dinámica del público, el sketch y el chiste parecía trasladada directamente de la plaza. No había tantos accesorios aun. El humor de la calle era crudo, estridente, implacable, violento, pero efectivo. Siempre acusado de vulgar. Siempre faltoso, trasladando sin cuidado prejuicios, estereotipos y taras. Con más de 50 puntos de rating, era uno de los shows más vistos de la época. Pasada la fiebre, los que quedaron en pie en la pantalla se asimilaron a la comedia tradicional como sidekicks o simplemente como bufones. Otros regresaron a la calle, a los shows particulares. Otros no volvieron a ninguna parte: la muerte se llevó a más de uno. Pero esa triste secuela -la llamada ‘maldición de los cómicos ambulantes’- ya es un post aparte.