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Juego de Tronos: fans, ficción y mentiras

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En el “Retrato de Dorian Gray” la genial novela de Oscar Wilde, el protagonista se enamora perdidamente de una actriz de teatro, y decide pedirle matrimonio. Su representación del amor en escena es genuina e inocente, casi real. En la siguiente función, la actriz hace un papel terrible. Para ella el amor de la ficción se hace falso ahora que ha vivido el amor real. La escenografía es cartón pintado. El galán es feo y desgarbado. Al caer la ilusión de la ficción, ya no puede representar su papel. Algo de esa actriz hay en quienes vemos la última temporada de Juego de Tronos.

La ficción supone cierta distancia que nos permite admirar personajes que en el mundo real podrían resultarnos éticamente despreciables. Los amamos, pero no votaríamos por ellos. Nos escudamos en la ficción para admirar a los asesinos o totalitarios de una manera moralmente segura.

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Otra forma de distancia es la que Aristóteles explica en su Poética: la ficción es lo verosímil, la acción concreta es la verdad. Mientras la acción concreta solo puede ser verdadera, la ficción, para ser ficción, solo necesita parecer. Y cuando la ficción deja de parecer verdadera, los espectadores sentimos que algo anda mal. Cuando nos enfrentamos a giros que no siguen la lógica del mundo ficticio, se rompe la ilusión de verosimilitud. Notamos cuando las tramas son apuradas o hechas para complacernos. Pero como en la novela de Wilde, un apego emocional por la ficción nos impide ver lo falso. Queremos tanto a los personajes que estamos dispuestos a ignorar que sus acciones dejaron de tener sentido. ¿Un ejército vivo puede ir y venir de un lado a otro del continente sin ser descubierto, mientras los muertos tardan? ¿Todo le sale bien al mismo personaje, sin ningún esfuerzo?

La “suspensión del descreimiento” es una estrategia humana que nos permite disfrutar de la ficción y aceptarla temporalmente como verdadera. Expuestos a ficciones todo el tiempo, esta estrategia nos permite reaccionar distinto ante una historia que ante una mentira. Los fans de lucha libre discuten los dramas y golpes en el ring como si fueran verdaderos. Podemos disfrutar de un mundo irreal con dragones y magia, e imaginar todas las posibles variaciones de esa irrealidad. Un buen guión mantendrá la suspensión, uno malo rasgará la cortina de la mentira. Juego de Tronos va por ese camino. Pero los fans no queremos darnos por enterados.

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Es que existe un nivel más de descreimiento. El de los fans. Los fans podemos soportar una ficción por mala que sea. Amamos tanto Juego de Tronos y a sus personajes que elegimos no prestar atención a la mala escritura y al mal guion. Tenemos una segunda fantasía, en la que la historia en la pantalla sigue siendo buena. Esta segunda fantasía se superpone a la primera y nos ayuda a afrontar la falta de verosimilitud. Tiene sus propios giros y justificaciones: “es que la historia no es lineal”, “Arya no murió tras las puñaladas porque tiene superpoderes”, “mil barcos se construyen en un par de semanas en una isla sin madera”, etcétera. Si para Aristóteles la ficción era el reino de lo posible siempre que sea verosímil – esto es, coherente en su propia lógica- nuestro deber de fans es generar una nueva lógica que haga coherentes y verosímiles los hechos más descabellados. Y vaya que estamos dedicados a la tarea. Demos gracias que ya se acaba.